Tratas bien a tu siervo (Meditación en el Salmo 119:65-66)

Tú, Señor, tratas bien a tu siervo, conforme a tu palabra. Impárteme conocimiento y buen juicio, pues yo creo en tus mandamientos.

Hay algo singular que necesitas saber acerca de los versos 65-72 del Salmo 119. Como probablemente sepas, todo el capítulo 119 está estructurado y escrito en secciones según el alfabeto hebreo. Como un acróstico, el primer verso de cada sección comienza con la siguiente letra consecutiva del alfabeto hebreo. Qué bella poesía. Este es un significativo pronunciamiento de ese patrón: en los versos 65-72 de hecho vemos que cinco de los ocho versos comienzan exactamente con la misma palabra en el idioma hebreo original. ¿Cuál es esa palabra que se repite? Es la palabra «bueno» (tov). Aunque es un poco más difícil verlo en las traducciones al español, tomémonos un momento para considerar en oración la eterna bondad de Dios; ¡lo bueno que es él, el bien que ha hecho y seguirá haciendo! ¡Qué bueno es nuestro Dios! Esto me lleva a humillarme. No merecemos su bondad, pero él ha tratado bien a su siervo.

Al concentrarnos hoy en los versículos 65 y 66, quisiera volver tu atención y animarte a considerar la significación de la breve frase que vemos al final del verso 65: «Conforme a tu palabra». La palabra de Dios es la última palabra, y esto lo encontramos en toda la Escritura: es casi imposible escrutar y consolidar el poder de su palabra en el mero lenguaje humano, y, no obstante, él lo ha hecho milagrosamente. Comenzando en Génesis, vemos la creación del mundo, ordenado por la palabra del Señor. Génesis 1:3 dice: «Y dijo Dios: “¡Que exista la luz!”. Y la luz llegó a existir». En el primer éxodo, Adán y Eva fueron expulsados del huerto del Edén por la palabra del Señor (Génesis 3:23). Cuando Dios llamó a Abram de la tierra pagana donde vivía, le habló personalmente: «El Señor le dijo a Abram: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré”» (Génesis 12:1). Lo que es aún más sorprendente, en un increíble e insondable acto de puro amor que solo Dios pudo realizar, Juan 1:14 nos dice que la palabra o Verbo «se hizo hombre y habitó entre nosotros». Piensa en ello: Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada, nuestra mismísima salvación, el santo Hijo de Dios que estaba con Dios en el principio y es Dios, ¡asumió la carne y habitó entre nosotros! Es su Palabra… la Palabra del Señor ha estado trabajando para su gloria desde antes que se echaran los mismísimos fundamentos de la tierra.

La palabra de Dios es santa e inmutable. Aunque el pecado, la mentira y las palabras malvadas nos rodeen, Dios nos ha dado su mismísima Palabra: pura e incorruptible. ¿Permaneces tú en ella? ¿Te deleitas en ella? ¿La obedeces? Es esta misma Palabra de Dios la que al final presidirá en el juicio a la humanidad. Hebreos 4:12-13 nos dice que «la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas». Qué increíble recordatorio de la misma imagen de juicio que acabamos de ver en el huerto del Edén; no habrá dónde esconderse de la palabra de Dios.

Es también la misma palabra que nos da absoluta esperanza y certeza de nuestra salvación. En Hebreos 6:13-20 vemos esta certeza en acción mediante la promesa que Dios ha hecho por medio de su palabra, su propia palabra. Como nos dice el autor de Hebreos en los versos 18 y 19: «… tengamos un estímulo poderoso los que, buscando refugio, nos aferramos a la esperanza que está delante de nosotros. Tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario». ¡Qué increíble promesa e imagen de esperanza!

¡Sin duda Dios ha tratado bien a su siervo! Su palabra es buena y desde el principio mismo ha tenido el propósito de glorificar su nombre y hacer bien a su pueblo, un bien eterno, perdurable.

En tanto que consideramos la bondad de su palabra y sus mandamientos, mientras trabajamos juntos para guardarla en nuestro corazón, pídele al Señor que te enseñe buen juicio y conocimiento de su palabra. Desea su palabra por sobre todo lo demás; permanece en ella, deléitate en ella y obedécela.

Ora conmigo:
Señor, me humillo ante la bondad de tu palabra y lo bien que has tratado a tu siervo; no lo merezco, y, no obstante, ¡me has dado a conocer tu salvación! Gracias por el ancla que tu palabra provee a mi alma; ¿a quién más podría acudir, adónde más podría ir? Cuando aún éramos pecadores, enviaste a tu santo Hijo a morir en la cruz, soportando el castigo por mi pecado, un sacrificio perfecto, ¡y me llamaste de las tinieblas a tu luz admirable! Ayúdame a amar tus mandamientos y meditar en ellos día y noche; enséñame conocimiento y buen juicio para que pueda honrar tu santo nombre todo el tiempo que me concedas vida y aliento en esta tierra. Abre mis ojos a la obra de tu Reino; ayúdame a amar tu nombre y su fama, no el mío. En el nombre de Jesús. Amén.

Brandon Harvath