Propenso a divagar (Meditación en el Salmo 119:67-68)

Antes de sufrir anduve descarriado, pero ahora obedezco tu palabra. Tú eres bueno, y haces el bien; enséñame tus decretos.

El salmista conocía la importancia de priorizar el tiempo pasado en la Palabra de Dios como una forma de impedir que divagara. A primera vista, la palabra «descarriado» en el verso 67 podría parecer como si él se hubiera alejado de Dios en un acto de rebelión deliberada. Sin embargo, la palabra hebrea traducida como «descarriado» (shagag) significa «cometer un error, pecar involuntariamente». En otras palabras, el salmista no se daba cuenta de que se estaba apartando. Pero Dios, en su gracia inmensurable, permitió algún tipo de humillación para que advirtiera su extravío y su necesidad de volver a su Creador. Aunque no se dice explícitamente en este verso, es probable que mientras él se acercaba a Dios en su dificultad meditara en los mismos testimonios cuyas virtudes elogiaba a lo largo de este Salmo. Al hacerlo, el salmista habría visto su estado caído (Salmo 14:3) en contraste con su Dios santo (Salmo 29). Sin duda él habría recordó la fidelidad, la misericordia y el gran amor de Dios por su pueblo a través de las generaciones (Salmo 136) a pesar de sus corazones adúlteros (Salmo 78:37). Y con arrepentimiento y gratitud habría resuelto obedecer sus mandamientos (Salmo 19:7-11). Él proclamó la bondad de Dios, tanto por lo que él es como por lo que hace, y en consecuencia deseaba indagar el conocimiento de su Dios infinitamente bueno (Salmo 25:8-9).

Al igual que el salmista, nosotros somos propensos a divagar, especialmente cuando no estamos buscando activamente a Dios mediante su Palabra. Nuestra mirada se aparta fácilmente de las alegrías eternas que se nos prometen en Cristo hacia los efímeros placeres del mundo o las circunstancias de las cuales no podemos imaginar que Dios saque algo bueno. En nuestro divagar nos interesamos más por construir nuestro reino que por vivir como ciudadanos del reino de los cielos que están de paso. Olvidamos que, cuando pecamos, estamos pecando en primer lugar contra nuestro Dios santo. Podríamos ceder a la mentira de la autoconfianza o la atadura de pensar que debemos hacer obras para mantener nuestra buena relación con Dios. Pero cuando hacemos de la Palabra de Dios nuestra habitación, nuestra mente es renovada y somos transformados por el poder del Espíritu Santo (Romanos 12:2). Permaneciendo en sus testimonios descubrimos la verdad que nos hace libres (Juan 8:31-32), que ya no somos esclavos de nuestro pecado (Romanos 6:6) y ya no tenemos que vivir por nuestra cuenta (2 Corintios 5:15). La bondad de Dios se vuelve nuestro foco (Tito 3:4-7), y deseamos hacer el bien a los demás debido a la gracia que Dios nos ha dado abundantemente (Filipenses 2:4-8). 

¿Te aproximas al tiempo que pasas en la Palabra de Dios como una obligación realizada por deber, o como una alegría que te deleita? Pídele a Dios que te dé ojos para ver el infinito valor del tiempo pasado en su Palabra y el deseo de hacerlo. Luego alégrate en su bondad mientras él transforma tu tendencia a divagar en una determinación a andar en sus caminos.

Ellen Melnick