Leer la Biblia como el ofensor, no la víctima (Meditación en el Salmo 119:85-86)

Me han cavado trampas los insolentes, los que no viven conforme a tu ley. Todos tus mandamientos son fidedignos; ¡ayúdame!, pues falsos son mis perseguidores.

Conoces la historia. David, culpable de adulterio, engaño, homicidio, y muchos otros pecados, lleva alrededor de un año de insensibilidad. Ha divagado tan lejos que se ha vuelto apático respecto a los pecados que ha cometido. Tal vez te preguntes cómo podemos suponer que David, que fue catalogado como un hombre conforme al corazón de Dios, realmente pudo ser tan ignorante e indolente. Es decir, ¡por favor!, David tenía una clara unción del Señor, recibió una promesa de su linaje y herencia, ya había compuesto Escritura divinamente inspirada, y era rey del pueblo escogido de Dios. ¿Es realmente posible que este hombre pudiera pasar tanto tiempo siendo ignorante de la profundidad de su obstinación? ¿Podía realmente ser tan ciego a su pecado?

2 Samuel 12 revela que este era precisamente el estado de David. Natán vino a él, enviado por el Señor, y le cuenta una historia. Es una historia de pecado e injusticia, y la Biblia dice que la ira de David se encendió fuertemente contra el pecador de ese relato. De hecho, David dice que el hombre que ha cometido este pecado merece morir. No obstante, lo impactante de la conclusión de David no es solo que pensara que el hombre merecía la muerte por lo que había hecho, sino su reacción a lo que hizo. 2 Samuel 12:5-6 dice: «Entonces David se puso furioso. “¡Tan cierto como que el Señor vive —juró—, cualquier hombre que haga semejante cosa merece la muerte!”. Debe reparar el daño dándole al hombre pobre cuatro ovejas por la que le robó y por no haber tenido compasión» (NTV). David sintió que el hombre era especialmente pecador no solo por el pecado en concreto, sino por la reacción que tuvo hacia este pecado. No tuvo compasión, misericordia. No hubo remordimiento, tristeza, ni arrepentimiento. El hombre estaba insensible. Era indiferente. Natán mira a David y dice: «Tú eres ese hombre».

Piensa en esto: el Señor envía a Natán a confrontar el pecado de David. Pero el mensaje no es solo: «David, has pecado porque cometiste adulterio, mentiste y asesinaste», sino también: «David, tu pecaste, y continúaspecando al no mostrar remordimiento, tristeza, ni arrepentimiento. No tienes compasión». Esta apática ignorancia es pecado.

Leamos nuevamente nuestros versos en Salmo 119:85-86: «Me han cavado trampas los insolentes, los que no viven conforme a tu ley. Todos tus mandamientos son fidedignos; ¡ayúdame!, pues falsos son mis perseguidores».

No saques conclusiones apresuradas aquí. Estos versos nos ruegan que respondamos una pregunta: ¿soy el arrogante que cava trampas, o soy el humilde que confía en la ayuda de la fiel Palabra de Dios?

Algunos de ustedes leen estos versos y automáticamente se identifican con la persona perseguida. Sientes que todos intentan atraparte. La gente difunde mentiras. Todos los demás son arrogantes. Todos los demás están en falta. Tú eres inocente e intachable. Estás leyendo esto y te apresuras a una mentalidad de víctima llena de ira, y en tu mente, o a cualquiera que te escuche, dices calumnias sobre todos los que te han agraviado. Pero puede ser que necesitas detenerte a escuchar a alguien como Natán que diga de parte del Señor: «Tú eres ese hombre/mujer». Cuando leemos un verso como este, siempre deberíamos detenernos, y si vamos a suponer algo, deberíamos suponer que nosotros somos aquel que necesita arrepentirse.

La realidad es que, cuanto más somos santificados, tanto más vemos la brecha entre nuestro inmundo pecado y la gloriosa santidad de Dios.

Isaías, en un momento de gloriosa gracia y misericordia, es llevado al mismísimo trono de Dios. Isaías vivía en medio de gente malvada. Él podría haber usado esta oportunidad para complacerse en su invitación personal al trono de Dios. Podría haberse jactado de su supuesto llamado o santidad superiores. Podría haber señalado y haberle contado a Dios acerca de todas las trampas que la gente cavaba para que él cayera. Podría haber presentado su caso acerca de todas las mentiras sobre él, y que no merecía tanta aflicción. Pero ¿qué hace Isaías? Isaías 6:5: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!». En la presencia de la santidad de Dios, Isaías ve su propio pecado. El de nadie más. Ve su propia urgente necesidad de misericordia. Isaías estaba tan cautivado por la gran distancia entre él y Dios a causa de su pecado, que no tuvo tiempo para quejarse o compararse. Ay de mí.

Así es como deberíamos reaccionar a estos dos versos del Salmo 119. Ay de mí. Aun si realmente estás siendo perseguido y acechado por hombres arrogantes, altivos y malvados. Aun si los malos están cavando hoyos a tu alrededor y te difaman con falsedades. Responde como haría David: «Ayúdame». Si David fue el autor del Salmo 119, puedo imaginarlo recordando en estos versos. El David de 2 Samuel probablemente habría estado furioso por tal persecución y habría exigido la cabeza de todos los malvados. Pero no aquí. Aquí yo imaginaría que el hombre conforme al corazón de Dios recordaría que de hecho él merece la muerte. Puede haber sido manchado con falsedades ahora, pero recordaría que de hecho es culpable ante el Dios santo. Por lo tanto, lo que pide es la ayuda del Señor.

Esa es la reacción que yo quiero tener. Ciertamente puede haber personas cavándome trampas. Puede que se estén divulgando mentiras sobre mí. Pero la verdad es que yo también he cavado trampas. He difundido falsedades. Y soy culpable de quebrantar la santa ley de Dios. Oh Dios, ayúdame a no ser como David en 2 Samuel, sino como el David del Salmo 51. Ayúdame para que no me falte compasión, tristeza y arrepentimiento, sino más bien ayúdame a implorarte misericordia conforme a tu gran amor. Señor, he leído estos versos. Yo soy ese hombre. Muéstrame tu gracia. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio. Renueva un espíritu recto dentro de mí. Dios, ayúdame. Dios, santifícame. Confío en ti y tu Palabra fiel. Y cuando venga la verdadera aflicción, que pueda decir como David: «Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?» (Salmo 56:3-4).

David Aubrey