La prescripción de Dios para matar el pecado sexual (Meditación en el Salmo 119:9-11)

Imagina esto conmigo. Es domingo por la mañana. El equipo de música ha bajado, se está recibiendo la ofrenda, y tu pastor sube para comenzar el mensaje. Sin embargo, antes de introducirse en el texto, anuncia que, al término del servicio de hoy, todos tendrán que retirarse del edificio oportunamente. Él explica que su iglesia ha arrendado su espacio para que lo use otro grupo ese día. Sigue explicando que con el fin de ayudar con algunos problemas financieros de la iglesia están abriendo las puertas para que otros grupos utilicen su espacio, y hoy, después del servicio, vendrá otro grupo para celebrar un servicio en adoración a… ellos mismos. Este grupo cantará canciones que los hacen felices. Se aferrarán a su dinero. Se alabarán unos a otros e intentarán exaltarse a sí mismos. Participarán en cualquier cosa que promueva su propio reino. Durante este servicio habrá actos de adoración a sí mismos tales como relaciones sexuales, groserías, arrebatos de ira, codicia, pereza, calumnias, etc.

Ahora imagina que todos miran al pastor y vociferan contra él. Ellos le pondrían fin a eso rápidamente. Porque, de hecho, la iglesia no es lugar para este tipo de adoración falsa. Qué horrible, qué blasfemo, qué malvado.

Hipocresía del templo

En 1 Corintios 6:19-20. Pablo dice: «¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios». Aquí nos enfrentamos a una bastante grave hipocresía. Es sorprendente la firmeza con que nos aferramos a la limpieza y santidad de un edificio de ladrillos, madera, metal y placas de yeso-cartón, que un día ya no estará ahí, y, no obstante, nuestra alma vivirá para siempre. Me sorprende cuando veo letreros como «No comer ni beber en el templo», pero el templo está lleno de personas que tienen pecados que dejan manchas más sucias que una taza de café.

Recuerdo lo que dijo R. C. Sproul acerca de Uza en su libro La santidad de Dios. Sproul observa que los israelitas llevaban el arca de vuelta a su tierra oponiéndose a la forma que Dios había prescrito para que se transportara su presencia. El Arca no debía ir en un carro de bueyes. De hecho, según la ley prescrita por Dios, a Uza no solo no se le permitía tocar el Arca, sino que además tenía prohibido mirarla. R. C. Sproul dice luego: «Él la tocó de todos modos. Extendió su mano y la puso de lleno en el Arca, sosteniéndola para que no cayera al suelo. ¿Un acto de santo heroísmo? ¡No! Fue un acto de arrogancia, un pecado de presunción. Uza supuso que su mano estaba menos contaminada que la tierra. Pero no era el suelo o el barro lo que profanaría el Arca; era el toque humano. La tierra es una criatura obediente; hace lo que Dios le dice que haga… el suelo no comete traición cósmica. No hay nada contaminado en el suelo».

Qué pensamiento más aleccionador. La gente clama «injusticia» por la muerte de Uza. No obstante, Uza no era inocente. Él estaba más sucio que el suelo. Estaba más preocupado por la limpieza externa que la limpieza interior. De la misma manera, nosotros nos hemos enfocado tanto en el templo físico de Dios, que es obedecerle según las leyes de la naturaleza que Dios ha establecido, cuando el verdadero problema de la impureza es nuestro propio corazón. Cada domingo, nuestros templos están llenos de personas adorando su ego.

La nunca satisfactoria trampa del pecado sexual

En 1 Corintios 6:18, Pablo nos advierte: «Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo». Tu cuerpo es un templo del Dios vivo. Y la Biblia nos manda que mantengamos puro ese cuerpo. Fuiste comprado por Jesucristo, quien dio su vida, no solo para que fueras perdonado, sino para que fueras limpiado (1 Corintios 1:30; 1 Juan 1:9). De hecho, Pablo nos dice que la pureza sexual es la voluntad de Dios para nosotros (1 Tesalonicenses 4:3). Quizá en nuestros días no haya otro pecado tan generalizado como la inmoralidad sexual. Demasiados hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se han hallado en esta trampa adictiva y engañosa que nunca satisface. Es un hábito que conduce a un increíble remordimiento, vergüenza, secreto, distorsión, y destrucción. Mi papá siempre solía decirme: «El pecado te llevará más lejos de lo que quieres ir, te retendrá más tiempo del que quieres quedarte, y te costará más de lo que pensabas que tendrías que dar».

Proverbios 22:14 dice: «La boca de la adúltera es una fosa profunda». Proverbios 5 nos advierte que este pecado conduce a la muerte. John Owen dijo: «El pecado siempre apunta a lo máximo; cada vez que se alza para tentar o seducir, si pudiera seguir su curso, llegaría hasta el máximo pecado de su clase. Cada pensamiento o mirada impura sería adulterio si pudiera; cada deseo codicioso sería opresión, cada pensamiento de incredulidad sería ateísmo, si pudiera crecer al máximo. Los hombres pueden llegar a eso, que tal vez al pecado no se le escucha hablar palabras escandalosas al corazón, es decir, provocándolos a un gran pecado con escándalo en su boca; no obstante, cada arrebato de lujuria, si pudiera seguir su curso, llegaría a la altura de la vileza: es como la tumba que jamás se satisface».

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cómo podemos mantener limpio nuestro templo? ¿Cómo puede un joven, hombre o mujer, o un viejo, hombre o mujer, ser puro? Si cualquier otro pecado está fuera del cuerpo, pero el pecado sexual es contra el cuerpo, ¿qué hago entonces? De hecho, puede que la pregunta sea aún más urgente de lo que estamos dispuestos a admitir. En efecto, puede que muchos de ustedes tengan fuertes adicciones sexuales. Cualquier cosa desde el flirteo, a los pensamientos lujuriosos, las fantasías, la pornografía, hasta el abierto adulterio. De hecho, la mayoría de los que están esclavizados a estos pecados lo han estado durante años si no décadas. Incluso puedes sentir que has intentado todo para cambiar y detenerlo. Puede que incluso hayas pensado que esto es algo con lo que simplemente tendrás que lidiar hasta que mueras. Como si esta fuera tu espina en la carne (una comprensión hermenéutica no bíblica de la espina de Pablo). Bueno, alabado sea Dios, se te ha dado libertad en Cristo mediante el poder del Espíritu Santo para ser capaz de DETENER este pecado. Para abandonarlo. Para hallar un mayor deleite en Dios. Para efectivamente ser capaz de glorificar a Dios con tu cuerpo. Y la respuesta se encuentra, literalmente, en el Salmo 119:9-11.

La prescripción de Dios para matar el pecado sexual

El salmista nos hace una exhortación acerca de este preciso asunto. Salmo 119:9-11 dice: «¿Cómo puede el joven llevar una vida íntegra? Viviendo conforme a tu palabra. Yo te busco con todo el corazón; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti». Esa es la respuesta. Pero debemos entender qué está diciendo el salmista. Si lo único que se necesita para mantenerse puro es vivir conforme a la Palabra de Dios, entonces ¿qué significa eso? Bueno, significa varias cosas:

Conocer la Palabra de Dios

El salmista no habla de vivir conforme a un libro, un versículo o un capítulo, sino toda la Palabra de Dios. En otras palabras, debes conocer la historia que se relata a través de toda la Escritura. La historia de la creación de Dios, la caída del hombre, la realidad y gravedad del pecado, el plan redentor ejecutado perfectamente en Cristo, quien nos da su justicia y nos limpia de toda injusticia dándonos su Espíritu para santificarnos completamente y guardarnos hasta el día de Cristo Jesús cuando pasemos la eternidad celebrando su gozo libres no solo del poder del pecado, sino también de la presencia del pecado (sí, esta es una extensa oración, pero al igual que Pablo en Efesios 1:3-4, no puedo contener la alegría que causa esta verdad). En otras palabras, no puedo luchar contra la inmoralidad sexual con una comprensión superficial de Dios y su evangelio.

Protégete con la Palabra de Dios

Sé proactivo y diligente en esto. Ponte la armadura de Cristo (Efesios 6) y protégete de los dardos de fuego del diablo. Conoce tus debilidades y evita las circunstancias y situaciones que te harán caer. Evita a ciertas personas (con bondad), evita ciertos lugares, evita ciertas bebidas, evita ciertos programas y entretenimiento, evita estar solo cuando no deberías estarlo. Te proteges con la Palabra de Dios llevando contigo su Palabra dondequiera que vayas. A esto se refiere David en el Salmo 1 respecto a que el hombre bienaventurado es el que, a causa de su deleite en Dios y su Palabra, medita en su Palabra día y noche.

Busca a Dios con tus afectos

El salmista dice «yo te busco con todo el corazón». Esta no es una lucha pasiva. No es una lucha contra la satisfacción y el gozo, sino una lucha por la satisfacción y el gozo duraderos. Es una lucha por tus emociones y tus afectos, con tus afectos. En 2 Corintios 5 Pablo dice algunas cosas sorprendentes acerca del nuevo creyente. Somos una nueva creación (v. 17), el amor de Cristo nos controla (v. 14), ya no vivimos para nosotros (v. 15), Jesús tomó nuestro pecado y nos dio su justicia (v. 21), nosotros somos ministros de reconciliación (v. 18) y embajadores de Cristo (v. 20). Y luego en el siguiente capítulo dice algo potente. Reconoce que los creyentes de Corinto están luchando por vivir conforme a esta nueva identidad. Pero no es porque Pablo les haya dado una piedra de tropiezo, no se debe a persecución o aflicción, no: están restringidos por sus propios afectos (2 Corintios 6:12).

Aquí es donde todos estamos restringidos en nuestra lucha por la pureza. No es culpa de nuestro cónyuge, no fue culpa de nuestros padres, no es culpa de nuestros amigos, no es culpa del entretenimiento, no es culpa de la cultura (si bien todos estos son fuertes influencias y contribuyen enormemente a la lucha). No, en lo que respecta a nuestro pecado, ¡no podemos culpar a nadie más! Nuestros afectos nos han restringido. Por lo tanto, si quiero dar muerte al pecado de impureza, la lucha no es solo contra la televisión, internet, los amigos, o las relaciones; la lucha es contra mi propia carne. Es contra mis propios afectos. En consecuencia, debo buscar a Dios con todo mi corazón, mis afectos. Este es el verdadero arrepentimiento, una renovación de la mente, no solo acciones. La nueva conducta volverá a la vieja conducta si los afectos no se renuevan.

Ora sin cesar

El salmista reconoce con humildad su apremiante necesidad de Dios. «No dejes que me desvíe de tus mandamientos». El antiguo himno lo dice perfectamente: «Propenso a divagar, Señor, me siento, propenso a dejar al Dios que amo». Esto lo vemos incluso en este salmo. Para mí, el verso más potente de todo este salmo es el 176. El salmista ha escrito 175 versos de su amor y devoción a Dios y su Palabra. No sé si se pueda hallar un testimonio más exhaustivo de amor, gozo, deleite y obediencia en toda la Escritura aparte del Salmo 119, pero mira el final de todo el capítulo: «Cual oveja perdida me he extraviado; ven en busca de tu siervo» (v. 176). El salmista sabía bien que era propenso a divagar.

Me pregunto si los primeros 175 versos no serán una desesperada oración pidiendo la gracia santificadora de Dios desde un corazón lleno de pecado y obstinación. Me pregunto si el verso 176 no será el contexto de los primeros 175 versos. Hermano y hermana, si vas a derrotar este pecado, necesitas orar sin cesar. Deberías orar como hizo el salmista, algo así como 175 versos de afectuosa alegría en Dios y su Palabra, en tanto que entiendes que vives en una constante batalla de descarriarte como una oveja perdida.

Atesora la Palabra de Dios en tu corazón

Este es el propósito de esta página web y este ministerio. El Salmo 119:11 es uno de los versículos más potentes de toda la Escritura. Hace años decidí tomar este verso en serio. Comencé a embarcarme en un viaje en el que quería permanecer, deleitarme y obedecer la Palabra de Dios. Oré en torno a este verso y dije algo así: «Señor, soy un hombre inmundo. He vivido una vida de rebelión y egocentrismo. Y soy miserable. Detesto mi pecado. Detesto mis hábitos. Mi pasado me avergüenza. No quiero vivir así. Quiero deshacerme de la avaricia, la ira, la pereza, el engaño, la inmoralidad sexual, la arrogancia, y cualquier otro pecado. Quiero vivir para ti y tu gloria. Tu Palabra dice que si atesoro tu Palabra en mi corazón entonces no pecaré contra ti. Acepto el reto. Dame gracia. Dame diligencia. Dame la capacidad de memorizar. Dame el deseo de vivir para ti. Cambia mi corazón, oh Dios».

No soy el hombre que espero ser, y en el cual, por la gracia de Dios, me seguiré transformando. No soy perfecto. Todavía lucho con todos esos pecados. Pero, por la gracia de Dios, no soy el hombre que una vez fui. He atesorado la Palabra de Dios en mi corazón para no pecar contra él. Estoy siendo renovado. Estoy siendo santificado. Estoy experimentando victoria.

Hermano, hermana, ¿puedo hacerte el mismo desafío? Espero que muchos de ustedes hayan leído hasta aquí esta meditación. Espero que hayas mostrado un deseo de cambiar y matar el pecado. Espero que tengas el deseo de glorificar a Dios con tu cuerpo. Espero que te deshagas de la mentira de que leer la Palabra de Dios nunca será agradable. Espero que te deshagas de la mentira de que no tienes la capacidad de memorizar la Escritura en grandes cantidades. ¡Olvida todo eso! ¡Dios te ha dado su Espíritu! Este Espíritu levantó a Jesús de los muertos. Este Dios habló y creó el mundo. Este Dios te dio existencia con su aliento. Este Dios ahora está sosteniendo el mundo con su voz. Ciertamente él puede cambiar tus afectos y darte victoria sobre el pecado. De hecho, él murió precisamente con ese propósito.

Canta la prescripción

Hemos escrito una canción que sigue estos versos. He cantado esta canción docenas de veces al día estas últimas dos semanas. La canto en la mañana, en el auto, con mi esposa, con mi hija, y la canto una y otra vez en mi cabeza cuando estoy tentado a pecar. Me acuesto cantando esta canción, aferrándome a la promesa de Dios. Espero que sea de aliento para ti en tanto que buscas la pureza de todo corazón. estos versos fueron literalmente escritos para ser cantados. Así que cántalos. Y hazlo a menudo. Puedes encontrar la canción en inglés aquí: https://www.storedinmyheart.org/music

«¡Al único Dios, nuestro Salvador, que puede guardarlos para que no caigan, y establecerlos sin tacha y con gran alegría ante su gloriosa presencia, sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad, por medio de Jesucristo nuestro Señor, antes de todos los siglos, ahora y para siempre! Amén» (Judas 24-25).

Dave Aubrey