La perspectiva adecuada en la aflicción (Meditación en el Salmo 119:71-72)

Me hizo bien haber sido afligido, porque así llegué a conocer tus decretos. Para mí es más valiosa tu enseñanza que millares de monedas de oro y plata.

 «Aflicción» no es una palabra en la que pensemos habitualmente o equiparemos con «bien». Este verso es sorprendente porque el salmista dice que fue afligido y eso le hizo bien. La aflicción aquí es pasada, y en esta mirada al pasado el salmista ve que aquella produjo algo para su presente y su futuro. «Me hizo bien», dice. ¿Cómo puede la aflicción hacer bien? 2 Corintios 4:16-17 dice que es así: «Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento». Estas aflicciones efímeras (a la luz de la eternidad) que enfrentaremos aquí en la tierra están haciendo algo. Tal vez se sientan como si nos estuvieran desgastando, y a veces nuestro cuerpo físico incluso mostrará los efectos del deterioro y el desgaste, pero para el creyente en el camino de la obediencia, ¡estas aflicciones están haciendo algo bueno! No son una pérdida o un sinsentido, aunque el mundo se apresura a catalogar de esta forma las tragedias. Cuando llegan las aflicciones, para el creyente, esa aflicción está preparando algo invisible.

Tenemos esta esperanza, cuando vienen aflicciones: que estas no solo están preparando para nosotros un eterno peso de gloria, sino que están haciendo que nos volvamos a Dios en el aquí y ahora, y que aprendamos sus estatutos. Este es el enfoque primordial del salmista en el verso 71. Estas aflicciones nos atribulan (2 Corintios 4:8-9) y nos zarandean (Lucas 22:31) de una manera tal que los placeres y alegrías de la vida no pueden hacerlo. Estas aflicciones siempre nos traen mayores profundidades de comprensión y amor por su Palabra. Ellas nos refinan, y nos hacen volvernos hacia Dios nuestro Creador. Es ahí, cuando toda nuestra atención está puesta fijamente en él mediante su Palabra, que descubrimos para quién fuimos creados. Y allí, al buscarlo, descubrimos que todas nuestras necesidades son plenamente satisfechas. Más aún, más allá de la satisfacción de nuestras necesidades, reconocemos que, como dice David en el Salmo 16:11, «me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha». ¡Alabado sea su santo Nombre!

En el siguiente verso (119:72) el salmista continúa diciendo que para él la ley de la boca de Dios es «más valiosa que millares de monedas de oro y plata». No hay comparación entre las riquezas terrenales y lo que, como creyentes, tenemos en Cristo (la Palabra encarnada de Dios), tanto ahora como aquello que esperamos poseer en el cielo. El eterno peso de gloria no se comparará con nada que podamos lograr o poseer temporalmente aquí en la tierra. Pondrá toda aflicción en su adecuada perspectiva, y le dará sentido a cualquier interrogante que hayamos tenido. ¡Habrá valido la pena! De formas que ahora no podemos ver, estas aflicciones están preparando un eterno peso de gloria, y de formas que podemos ver ahora, estas aflicciones nos llevan a nuestras rodillas y a su Palabra, donde hallamos consuelo, fortaleza, y esperanza para creer a sus promesas, y confiamos en su Palabra para todo lo que él está preparando para aquellos que lo aman (1 Corintios 2:9). 

Que Dios nos conceda a cada uno el discernimiento para ver la aflicción bajo esta luz. No solo al mirar al pasado, con el salmista, sino también al enfrentar las incertidumbres del futuro, confiando en nuestro Dios que «dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Romanos 8:28).

Hannah Harvath