¿Enfrentas un desafío canónico? (Meditación en el Salmo 119:4-6)

Tú has establecido tus preceptos, para que se cumplan fielmente. ¡Cuánto deseo afirmar mis caminos para cumplir tus decretos! No tendré que pasar vergüenzas cuando considere todos tus mandamientos.

En consonancia con el contexto original de este bello salmo, quiero hablar un poco acerca de la ley de Dios y cómo hemos de aplicar este texto a nuestra vida como creyentes del nuevo pacto. El mandato de Dios de seguir sus reglas diligentemente no es un concepto nuevo, se repite en múltiples ocasiones a través de la Escritura. Por ejemplo, vemos el mandato de Dios en estos versos: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades» (Deuteronomio 6:4-9). Otro caso en la Escritura donde vemos el mandato de Dios es cuando Jesús dice en el Sermón del Monte: «No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento. Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido. Todo el que infrinja uno solo de estos mandamientos, por pequeño que sea, y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los practique y enseñe será considerado grande en el reino de los cielos» (Mateo 5:17-19). La ley de Dios, dada a Moisés, que se resume en los Diez Mandamientos, todavía es aplicable y fundamental para nosotros hoy. Pablo dice: «No tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros. De hecho, quien ama al prójimo ha cumplido la ley. Porque los mandamientos que dicen: “No cometas adulterio”, “No mates”, “No robes”, “No codicies” y todos los demás mandamientos, se resumen en este precepto: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. El amor no perjudica al prójimo. Así que el amor es el cumplimiento de la ley» (Romanos 13:8-10).

Ahora que hemos establecido, a través de la Escritura, la validez de la ley, y que se nos manda a obedecer diligentemente esta ley, quiero atraer tu atención hacia la manera en que somos capaces de cumplir con esto. El salmista ora: «¡Cuánto deseo afirmar mis caminos para cumplir tus decretos!» (v. 5). El mismo Dios que manda es también el Dios que ha provisto los medios y el poder para obedecer sus mandamientos, dándonos un corazón de carne. Anticipando el nuevo pacto, leemos: «Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes» (Ezequiel 36:26-27). Pablo, hablando del Espíritu de Cristo que ha sido dado al creyente, nos dice que «las justas demandas de la ley se [pueden cumplir] en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu» (Romanos 8:1-4).

Así que, hermano o hermana, tú que no te deleitas en la ley de Dios, o tú que quizá piensas que no estás obligado por ella, te ruego que ores con el salmista que tus caminos sean afirmados para cumplir los estatutos del Señor. Para el que cree, los mandamientos del Señor no son difíciles (1 Juan 5:3). A medida que crecemos en gracia y justicia por el Espíritu Santo, teniendo nuestros ojos fijos en sus mandamientos, no seremos avergonzados delante de nuestro Dios. En mi propia vida sé que cuando estoy asediado de pecado cuesta venir a Dios en oración; cuesta estar alegre y disfrutar a Dios. Ahora, amigos, el hombre bienaventurado o dichoso es el que medita en la ley de Dios día y noche y cumple sus mandamientos (Salmo 1). Así es como amamos a Dios, obedeciendo sus mandamientos alegremente.

Te animo a no ser canónicamente desafiado. Con esto me refiero a meditar en la ley. Lee el Antiguo Testamento y conoce que es inspirado por Dios y capaz de hacerte sabio para salvación, capacitado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16). Ora al Padre, quien, por medio de su Espíritu Santo, nos ha concedido los medios y el poder para obedecer sus mandamientos. Pídele que te dé nuevos afectos y un deseo de ser obediente, aun frente al mundo que es hostil a su ley. Nuestros juicios a menudo están desorientados, pero la ley de Dios es santa, justa y buena. Que ella sea tu estándar o norma en todas las decisiones que tomes. 

Joose Dotson