Dos versos para orar cada vez que abras la Palabra de Dios (Meditación en el Salmo 119:17-18)

Trata con bondad a este siervo tuyo; así viviré y obedeceré tu palabra. Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley (Salmo 119:17-18).

La Biblia nos enseña que debemos permanecer en Dios y en su Palabra. Nos enseña que debemos meditar en su Palabra día y noche. Nos enseña a hablar de ella, enseñarla, ver el mundo a través de ella, y vivir de acuerdo con ella. Pero la Biblia también nos dice cómodebemos venir a la Palabra de Dios, qué deberíamos buscar, y qué debería hacer ella en nosotros. En el Salmo 119:17-18 vemos estas tres cosas.

El Espíritu da vida

El salmista le ruega a Dios que abra sus ojos para poder ver las maravillas de su ley. En otras palabras, a menos que Dios por gracia conceda vista, sabiduría, discernimiento, y belleza, la Palabra de Dios se verá como tinta y papel inertes e irrelevantes. Pablo revela esto en 2 Corintios 2:11-14: «En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido. Esto es precisamente de lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales. El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente».

Pablo nos muestra, tal como el salmista ora, que para entender los pensamientos de Dios, y las cosas que él nos ha dado gratuitamente, necesitamos el Espíritu de Dios. La persona natural vendrá a la Palabra de Dios y con aburrimiento verá locura. Sin embargo, aun el creyente puede tener la tendencia a acercarse a la Palabra de Dios como el viejo hombre. Hay veces cuando como creyentes leemos un pasaje con motivos impuros simplemente para marcar una casilla o ganar algún beneficio puramente humano. Cuando esto ocurre, no se contempla ninguna belleza. No hay convencimiento de pecado ni amonestación. No se imparte vida. Recordemos que Jesús mismo dijo que «el Espíritu da vida; la carne no vale para nada» (Juan 6:63).

Esto significa que el creyente debe venir a la Palabra de Dios:

• En el Espíritu. 2 Corintios 2:11-14 (ver arriba).

• Con hambre. «Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser» (Salmo 42:1).

• Con humildad. «Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará» (Santiago 4:7-10).

• Esperando ser expuesto. «¿Quién está consciente de sus propios errores? ¡Perdóname aquellos de los que no estoy consciente! Libra, además, a tu siervo de pecar a sabiendas; no permitas que tales pecados me dominen. Así estaré libre de culpa y de multiplicar mis pecados» (Salmo 19:12-13). «Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno» (Salmo 139:23-24). «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón» (Santiago 4:12).

• En busca de corrección, reprensión e instrucción. «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17).

• En necesidad. «Atiéndeme, Señor; respóndeme, pues pobre soy y estoy necesitado» (Salmo 86:1).

• Sabiendo que no nos falta nada. «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Salmo 88:13).

• En busca de Jesús. «Luego les dijo: “Cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras» (Lucas 24:44-45).

• En busca de hermosura. «Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo» (Salmo 27:4).

• Para descansar. «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28).

Permanecer para obedecer. Obedecer para permanecer

La promesa que encontramos en la Escritura es que cuando venimos a Dios, por medio de su Palabra en el poder del Espíritu Santo y por causa de Jesús, encontramos que Dios no solo nos ha tratado con bondad (plenamente), sino que nos da nueva vida. Pero no cualquier clase de vida, sino una vida capaz de cumplir alegremente su Palabra. Si miras la lista anterior, puede que sientas una sobrecarga de ley y requisitos. ¿Cómo vamos a recordar todas esas cosas? ¿Cómo podemos venir seriamente a la Palabra de Dios de una manera tal que siempre sea con hambre y desesperada? Podemos hacerlo, y lo haremos, por el poder del Espíritu Santo. Y lo haremos cada día más y más en tanto que formamos la disciplina de permanecer en la Palabra de Dios. Es circular, se nos manda a permanecer (de una forma específica) a fin de que podamos vivir y cumplir su Palabra. Y, no obstante, solo podemos permanecer verdaderamente cuando estamos viviendo según su Palabra. Dios ha ordenado que ambos aspectos se alimenten mutuamente.

Por lo tanto, creyente, vas a crecer en la piedad a medida que habites en la Palabra de Dios. Y habitarás en la Palabra de Dios a medida que crezcas en la piedad. Cumplirás la Palabra de Dios en tanto que permanezcas en su Palabra. Y permanecerás cada vez más en su Palabra en tanto que cumplas la Palabra de Dios. Y al crecer en esta disciplina, descubrirás que la lista anterior se convierte en la manera potenciada por el Espíritu para venir a Dios mediante su Palabra.

No te aburras

Una última reflexión. El salmista está orando algo muy específico. No lo inclui en la lista anterior, pero puede que sea la forma más importante en que debemos venir a la Palabra de Dios. Él ora que Dios le abra los ojos para ver maravillas. Él quiere ver cosas asombrosas, extraordinarias, milagrosas. Él dice, no dejes que me aburra. Después de todo, esta es la piedra de tropiezo, ¿no? Es por esto que luchamos por un tiempo diario en la Palabra de Dios. Es por ello que luchamos por memorizar la Escritura. Es por ello que luchamos con los devocionales familiares. Es por ello que luchamos por obedecer. Simplemente no estamos satisfechos. Estamos aburridos. No estamos desesperados. No somos humildes. No tenemos hambre, porque nos hemos llenado con la comida chatarra de este mundo. No estamos felices porque nuestra alegría está siendo absorbida, gota a gota, por las cargas de este mundo.

Como personas, perseguimos las cosas que nos causan alegría. Ansiamos lo que nos asombra. Y la Biblia dice: «Ya no sigas buscando». El salmista sabe que esta es la clave para esta diligencia de permanecer. ¡Deléitate! Es como si él dijera: «Oh Dios, tú me has tratado con bondad. Me has escogido, me has adoptado, me has llenado, no me falta nada. Deseo mucho vivir para ti según tu Palabra. Pero si tú no me muestras maravillas en tu Palabra, las buscaré en el mundo. Sé que hay bellezas que contemplar que superan con creces la gloria de este mundo, pero no puedo verlas si tú no me las muestras. ¡Muéstrame, Dios! ¡Muéstrame! ¡Trata con bondad a tu siervo para que viva y guarde tu Palabra!». ¡Amén! ¡Aleluya! Dios se deleita en esta oración, y recompensará a quienes lo buscan de esta manera. Dios ha creado al mundo y a ti y a mí para manifestar su gloria. Él ha quitado el velo de aquellos que le pertenecen. En Cristo, por el poder del Espíritu, podemos ver cosas maravillosas. Dios es glorificado, y nosotros nos satisfacemos, al ver estas maravillas. Por lo tanto, estos son dos versos para orar cada vez que vengas a la Palabra de Dios.

Hermano y hermana, ¡no te aburras! Ruégale a Dios que te muestre maravillas, y mantente en su Palabra hasta que las veas. Nada es más importante en tu día que contemplar cosas maravillosas en la ley de Dios con el fin de que puedas vivir y obedecer su Palabra. Si no las ves, vivirás conforme al mundo. ¡Permanece! ¡Espera! ¡Ora! Oh Dios, muéstranos maravillas en tu ley para que podamos permanecer, deleitarnos, y obedecer.

Dave Aubrey